Destruir al que sobresale, el síndrome de Proscuto

 


El clavo que sobresale siempre se encontrará con el martillo” Proverbio japonés

Mi amiga era una maestra muy popular y querida en la escuela, pero un día la llamó la directora y le dijo que tenía que bajar su perfil, en un tono que más bien parecía de regaño. La maestra se desmoralizó un poco y recurrió a sus compañeros para que le explicaran cómo podía bajar su perfil. Ellos, además de estar de acuerdo con la directora, le dieron mil recomendaciones encaminadas a que no se esforzara tanto y a que se mantuviera en una cómoda actividad, cumpliendo, eso sí, pero sin pasarse.

Afortunadamente, la maestra no escuchó los consejos y siguió trabajando con la excelencia que tanto les afectaba. Al finalizar el curso los padres reconocieron su labor y le hicieron un pequeño homenaje. La directora, no sólo no la felicito, sino que la llevó aparte y le dijo: “¿Eres consciente de que sólo cumpliste con tu obligación?” Esta conducta desmotivadora de la directora no era más que el reflejo de su propia inseguridad y el síntoma evidente del “Síndrome de Procusto”, anular al que sobresale.

Procusto era hijo del dios Poseidón y tenía una posada a la que llegaban los viajeros a descansar. Él los atendía con una gran hospitalidad y sin que nadie sospechara su tenebroso secreto. Resulta que poseía una cama de hierro en la que amordazaba y amarraba a los peregrinos y si eran muy altos y su cuerpo sobresalía, les cortaba la cabeza y los pies. En cambio, si eran de baja estatura los descoyuntaba a golpes y los estiraba hasta que también se ajustaran al tamaño exacto de la cama. Nunca nadie parecía tener las medidas precisas de ese horroroso lecho.

Procusto estuvo actuando así por mucho tiempo hasta que recibió la visita de Teseo, el mítico rey y héroe de Atenas, quien le dio una sopa de su propio chocolate al pedirle que él mismo se sometiera a la prueba de la cama y como no tuvo las medidas apropiadas, le cortó la cabeza y los pies, acabando de una vez con tan macabro personaje.

Lo que la directora hizo con esta maestra se da con mayor frecuencia de lo que imaginamos en todas las organizaciones. Nos encontramos con Procustos que demuestran su mezquindad cortando los pies y la cabeza de aquellos que sobresalen, para que no pongan en peligro su propio trabajo, instaurando la mediocridad de una manera oficial y manteniendo una uniformidad que estandariza a todos a la baja. Como muy bien decía el político e historiador romano, Tácito (55 -120 d. C.) “Cuando los hombres están llenos de envidia menosprecian todo, sea bueno o malo”

Esta conducta la han sufrido grandes personajes de la historia y hasta ha sido documentada para recordatorio de todos. Uno de ellos bien pudiera ser, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Este personaje, mitad héroe literario y mitad histórico, nace en Burgos alrededor del siglo XI y al quedarse huérfano es educado con Sancho, el hijo de Fernando I de Castilla y León. A lo largo de su historia militar es desterrado dos veces por el rey Alfonso VI y parte de sus hazañas fueron reflejadas en el “Poema de mío Cid” cuyo tema central es la recuperación de su honra perdida.

El poema empieza con su destierro, que él considera injusto y se lo atribuye a la maledicencia de mentirosos intrigantes: “¡Esto han tramado contra mí mis enemigos malvados!” dice uno de los primeros versos del Poema. Posteriormente, en la 3ª estrofa podemos leer: “Mío Cid Ruy Díaz en Burgos entró (…) salían a verlo mujeres y varones (…) por las bocas de todos salía una expresión: ¡Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor! Todo el que conoce el Poema sabe la fuerza que tiene este último verso y no dudo que más de uno lo habrá pensado y se habrá sentido identificado con esta expresión.

En la 4ª estrofa dice: “Le convidarían de grado, pero ninguno osaba: el rey Alfonso le tenía saña. El poema es un documento donde consta que sus destierros y caídas fueron fruto de la envidia y la calumnia de los cortesanos procustos y de un jefe, con el mismo síndrome, que no soporta el brillo del Cid.  

Los Procustos los podemos detectar en ambientes escolares, laborales, familiares, políticos, sociales o personales y nadie escapa a su maldad. Son gente que reconoce su inferioridad y temen que alguien les haga sombra, así que cuando alguien sobresale, tratan de destruirlos sin importar cómo. El síndrome de Procusto es mucho más que una simple envidia, es el recordatorio de las propias limitaciones y toda la inseguridad que les genera. Normalmente se alían con gente similar y entre todos orquestan la destrucción del que destaca.

Es una lástima que existan líderes que no saben o no pueden gestionar el talento de las personas brillantes y trabajadoras con las que cuentan en sus organizaciones. Es triste que no los aprovechen ni los ayuden a integrarse, permitiendo que sean víctimas de los chismes de los compañeros que ven en ellos un recordatorio de su mediocre desempeño. Es frustrante también que no existan más Teseos por estos mundos de Dios.

Decía Steve Jobs:

“No tiene sentido contratar personas inteligentes y después decirles lo que tienen que hacer. Nosotros contratamos personas inteligentes que nos digan qué tenemos que hacer”

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Publicado en La Jornada Aguascalientes el 03 de septiembre del 2021

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